Unas cuatro horas antes de que Pablo Neruda muriese de “cáncer de
próstata”, el domingo 23 de septiembre de 1973, el hombre que lo cuidaba
no pudo cumplir su penúltima misión, interrumpida por los militares:
comprarle “un medicamento que, supuestamente, aliviaría el dolor del
poeta”. Cuarenta y dos años después, Manuel Araya considera que debe
cumplir una última misión con Neruda: “Ayudar a probar su asesinato”.
Está convencido de que el poeta no murió por las causas oficiales. Él es
el único testigo directo de los últimos días del Nobel de Literatura
que sobrevive de aquellos momentos inaugurales del túnel de la dictadura
de Augusto Pinochet, iniciado el 11 de septiembre de 1973.
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